Crónica Matagalls - Montserrat 2016

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Salgo de la noche, se inicia el día en Vacarisses. Son las siete de la mañana, estamos en el kilómetro 69, y llevo 16 horas caminando, quedan 12 kilómetros. Me llama por teléfono Emilio para preguntarme si me gusta bajar o subir. Emilio hizo la Matagalls durante 15 años y hoy extraña la ruta; cuando me habló sobre ella la primera vez pensé que era una locura; y es hoy cuando entiendo la locura como mía. Por eso me llama durante el recorrido, para darme ánimos y probablemente revivir aquellos años. Quizás quiere imaginar el sitio en el que estoy y recordar. Me gusta bajar, le digo, y quería decirle que siento mucho no haberle entendido en los noventa cuando me hablaba de la Matagalls con su entusiasmo.


Llegar a Vacarisses significa una bajada técnica de esas que me gustan, sendero muy estrecho, que serpentea entre árboles, con raíces en el suelo en los que puedes tropezar, con ramas que atraviesan el sendero a la altura de tu cabeza, con piedras pequeñas que ruedan si las pisas, con escalones que te paran pues hay que ver bien donde vas a pisar. Todo esto a oscuras. Iluminado con tu frontal, es decir, con un círculo luminoso delante y el resto en la oscuridad de la noche.


Esa bajada me gusta, si. Te exige al máximo pero está entre las variables que tu cuerpo y tu cabeza entienden. Pero al llegar al control 8, Carena Hostal de la Creu,  desde el cual queda una bajada infernal hasta Monistrol, me arrepentí de haberle dicho a Emilio que me gusta bajar. Esa bajada, que precede la subida a Montserrat, es muy dura. Una bajada infernal para una subida celestial.


La crónica de la Matagalls - Montserrat se puede resumir en este tramo final, la bajada a Monistrol y la subida a Montserrat, entre el km 75 y el 81 final.


Todo lo anterior ha sido una larga sinfonía con sus movimientos, y su estructura y tiempos diferentes. Todo lo anterior trata de la vida mundana. Que me duele esto o lo otro; que tengo sed, hambre, frío; que me aburro; ¡ey! ¡que me he quedado solo!; que no sé qué posición de luz es mejor en mi frontal; pero este señor ¿no es el que pasé hace un rato?; pobres perros encadenados y hambrientos; conversaciones de hombres y mujeres que caminan, cada quien con sus colores, sus banderas, sus atavíos. Todo, digo, son movimientos musicales de una sinfonía humana. La vida misma tal cual que transcurre entre pistas y senderos en sus casi seis mil metros de desnivel acumulado.


Pero todo esto acaba en el control 8, Carena Hostal de la Creu, donde se inicia la bajada a Monistrol.


Bajada infernal. Con 75 kilómetros en el cuerpo ahora hay que bajar saltando piedras, con escalones altos, durante un kilómetro y medio. Y en cada paso hay un algo del cuerpo que se va definitivamente. Empieza el vaciado. Todo el mundo cotidiano que reconoces en los 75 kilómetros anteriores van desapareciendo. Ahora es cada uno con sus restos. Como si te sentaras delante de alguien, el diablo, y le contaras tus culpas, tus sufrimientos, hasta quedar liberado. En cada salto vas dejando trozos de tu vida, de la que queda. Monistrol, un pueblo de tres mil habitantes debajo de la maravillosa e imponente montaña de Montserrat, te espera.


Subida celestial. Son las 9h27. Desde Monistrol hasta el monasterio son cinco kilómetros de subida. Llegué a las 10h46. A 16 minutos cada kilómetro. Tu conversación con el diablo ha quedado atrás y ahora es dios mismo quien te interroga. Todo parece llevadero hasta el control 9, el último, a tres kilómetros de la meta. Los voluntarios te animan, cantan, comparten su euforia. Pero pasamos de ellos, estamos concentrados en el final de la sinfonía.


La cúpula celestial es de un azul sublime. El sol calienta y el cuerpo se baña de sudor. La subida es colosal. Aunque no es subir, es alcanzar el cielo por el camino más directo. Mientras subía,  escribía esta crónica maravillosamente. Pero no con estas palabras. Era poesía pura lo que mi cabeza creaba. Pocas veces en mi vida he vivido estos momentos de éxtasis y de inspiración.


El mundo terrenal iba quedando abajo diminuto, lo veías claramente; con sus calles, sus coches, sus carreteras, su vida en común. Hacia arriba estaba la montaña, el cielo, la luz, la piedra inmortal. Subía exaltado, sin pausa, sin descanso, diría, incluso, sin dolor. Lo que recuerdo de mi poesía mental es que arriba habría igualmente derrota. Yo intentaba una victoria, por eso iba de prisa; los que me precedían intentaban una victoria, todos unidos en fila queríamos decirle a alguien que queríamos conquistar el cielo, la montaña, o a dios mismo. Pero arriba cada quien iba a llegar derrotado, sin aire, sin culpas, sin músculos.


En los últimos metros, unas escalinatas cementadas que dan acceso al monasterio de Montserrat, iba yo vacío. En la parte final de la subida había ya dejado todo fuera de mi. Vacío. Una mujer joven que esperaba a su amigo gritaba de alegría alrededor de él. Le hacía fotos, lo hablaba con felicidad, pero el hombre acababa sus metros finales indiferente, en línea recta, sin decir nada, vacío como yo.


A mi no me esperaba nadie; mejor, habría visto un cuerpo vacío. Me esperaba una huelga de trabajadores de la cremallera y tenía que volver a pie hasta Monistrol.

Así terminé nuevamente agnóstico y ateo. Tengo que encontrar la manera de registrar la poesía que sale de mi en ese estado de exaltación. Por si eso vuelve a ocurrir. Será el próximo año, claro. Eso espero.
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Crónica de la Marathon de Paris... 1996

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Ese que levanta la mano soy yo hace 18 años. Estoy llegando a la meta de la Marathon de Paris en 1996. Este domingo 6 de abril 2014 vuelvo a repetir la experiencia.

Aquella maratón la hice muy mal. Estaba tan feliz con mi hija en París que tardé en acercarme a la salida. En esa época no existían los cajones con tiempos ordenados que hay hoy en las carreras. Todo el mundo quedaba mezclado, los que iban a hacer un sub 2, o sub 3 o sub 4, todos juntos. Salir al final con 20 mil corredores se convirtió para mi en una barrera. Creo que hasta el kilómetro 15 no pude correr a mi ritmo. Entonces tiraba a menos de 5 minutos el kilómetro. Había hecho 3h32 en la maratón de Valencia hacía una par de meses antes. Pero en la primera parte me gasté en correr en zig zag para pasar a la gente.

Nunca había corrido una maratón tan popular. Entonces los que salíamos en Barcelona en una maratón no pasábamos de 2 mil corredores. Fue impresionante la masa de corredores de tantas nacionalidades y la belleza del recorrido. He vivido una década en París y correr en esta ciudad fue para mi una experiencia muy personal. Ahora me hace ilusión volver a repetirla.

Es la única maratón en mi vida en la que tuve que correr al revés unos 500 metros. Había quedado con mi hija en el km 40. Pero se equivocó y la vi en el 38. Primero la vi y seguí corriendo pues ella no me vio. Luego me di cuenta que sin no volvía por ella se quedaría sin acompañarme y me hacía ilusión correr con ella el último tramo de la carrera. Así que di media vuelta y fui a por ella. La gente me decía insistentemente que estaba corriendo al revés. Ya con mi hija corrimos esta parte y acabé dandole ánimos a ella pues no estaba preparada para hacer 4 kilómetros a mi ritmo, a 5 minutos el km. Así que corrí al suyo, acompañándola y queriéndola pues son las cosas que se quedan con uno para siempre. Hice 3h54.

En unas horas vuelvo a repetir, 18 años después.


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Todo cruje una semana antes de una maratón

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Las cosas pueden ocurrir así. Estoy a tres días de la Marathon de Paris, este domingo 6 de abril de 2014, y hoy desperté resfriado. Por la mañana me tomé una aspirina para intentar frenar el resfrío y quedó el vaso con un poco de agua en la mesita de noche. No me levanté. Vino mi gato a despertarme como hace todos los días, vio el vaso con algo de agua y quiso beber. Se le cayó el vaso y se rompió. Me levanté rápidamente al escuchar el ruido del vaso roto en mil pedazos en el suelo y pensé, podría ahora pisar un cristal y herirme un pie. A tres días de la Marathon de Paris podría herirme accidentalmente el pie. Pero no, solo estoy resfriado y con la cabeza inventándome calamidades. Es así.

Antes de una maratón suele ocurrir. Mejor no abrir la puerta de una nevera para no resfriarse, y me ha pasado. O ver bien donde pisas no vaya ser que pises mal y te pase algo. Y empieza a dolerte partes de tu cuerpo que no te dolían hasta aquí. Hay momentos en que la rodilla izquierda me hace un extraño, un amago de dolor. O el gemelo derecho me duele caminando. Y la torcedura de tobillo creo que no está todavía curada. Y la espalda sigue con ese punto de dolor que se instaló allí cuando hice un esfuerzo imprudente al querer mover un televisor de tubo de la prehistoria electrónica. Todo cruje una semana antes de una maratón.

Por ahora solo mi resfriado es real. El resto son más fantasías de mi mente que realidad. Yo ya se que cuando den el pistoletazo de salida ya no me dolerá nada de nada. Quedaré yo y 46 mil más en un camino de 42 kilómetros por recorrer y esa será una historia diferente y muy  real.


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Marathon de Paris

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Lo tengo decidido. Incluso ya estoy inscrito desde hace meses. Voy a hacer la Marathon de Paris 20 años después de mi primera maratón. He empezado a entrenar este 6 de enero, y me quedan 13 semanas para la fecha marcada, el 6 de abril del 2013.
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The Color Run

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Me he quedado sorprendido con esta iniciativa que parece recorre el mundo con éxito, es The Color Run, una carrera corta, 5km, que no tiene fin competitivo sino festivo. ¿Qué está pasando con la moda de correr? Lo he leído en Sosaku Runner y me he quedado sorprendido. Ya están en España aunque no tienen convocada todavía una de estas carreras. Han abierto página en Facebook. Me sorprende pues va en una dirección diferente al sentido original de una carrera a pie. En una carrera a pie se compite, eso primero, y se compite con uno mismo, eso segundo. Es importante competir, nos eleva a un reto que solo se puede desarrollar en el marco de una carrera. Pero hay más, en una carrera se aprende de los demás, nos empuja a respetar a los que corren con nosotros, nos hace lúcidos de que formamos parte de una experiencia deportiva, esencialmente física y mental. En una carrera nos unimos mucho. Probablemente esto induce a este tipo de iniciativas. La masificación de las carreras hoy ayuda a este tipo de iniciativas. The Color Run, no es una carrera para competir, no importa el tiempo, lo que importa es la fiesta, la trasgresión, el carnaval. No es mala la propuesta. Es hasta cierto punto necesario. La carrera como trasgresión de uno mismo, como imagen colectiva de la fiesta que es vivir. Pero se aleja bastante de la idea inicial de un reto deportivo. En eso estamos. Hay muchas carreras que entran en este terreno de los lúdico y festivo y se alejan de la idea de competir y de superarse uno mismo. Solo me sorprendo.
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Terrible y conmovido: Marathon de Boston

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Impresionado por lo que ha ocurrido en el Maratón de Boston este lunes 15 de abril. Esta noche he estado viendo fotos, vídeos, tweets y foros, como el hilo de Corredors, acerca de lo que ocurrió en la línea de llegada del maratón, cuando se cumplían las 4 horas, 9 minutos y 43 segundos. Eran las 2 de la madrugada, y no podía dormir, en mi mesa de noche hay un reloj de carreras, el pulsómetro, unos imperdibles, el dorsal de la Media Maratón de Calella de este domingo 14 pasado... Impresionado por lo cercano que me resulta un final de carrera.

El maratón de Boston es la carrera clásica, la más internacional, la que cualquier maratoniano puro quiere hacer alguna vez en su vida. Sus casi 30 mil corredores son maratonianos que cumplen unas marcas mínimas por edad, y que la han hecho en maratones importantes como la de New York, Londres, o Berlín. El que corre esta maratón es un héroe que representa a miles de héroes. Es una cima de la cultura humana. Atentar contra esta maratón es como atacar al mundo entero,  a un símbolo pacífico y feliz, al mito contemporáneo.

De todo lo visto esta noche larga me quedo con esto: muchos corredores que cruzaban la meta del maratón seguían corriendo hacia los hospitales para donar sangre. Una oferta generosa y enorme de sangre de maratonianos para las víctimas del horror humano. Me quedo con esto. Terrible y conmovido.

El 17 de marzo pasado corrí mi séptimo maratón en Barcelona. Cuando se cumplían las 4 horas y 5 minutos, en la línea de llegada, cayó un corredor y murió de un fallo cardíaco. Un maratoniano que además vivía en mi barrio, en Santa Eulalia, en Hospitalet. Me he cruzado con él seguramente varias veces. He visto alguna foto y me resulta familiar. Se llamaba Xavier. Me tocó muy cerca y esa tarde pensé mucho en el dolor de su familia. Como Filípides murió al cruzar la meta.

Este domingo 14 de abril, después de mi agónica y lenta media maratón en Calella, estaba interesado en saber cómo le había ido a Martín Fiz en el Marathon de Sables. Y me enteré que había abandonado en la quinta etapa. Y sigo preocupado pues no actualiza su blog ni su cuenta en Twitter, ni hay noticias en los medios de su abandono. Martín Fiz es mi héroe de los noventa. Un campeón mundial y europeo, en el 1994 y 1995, en maratón. Sé que estaba lesionado y es posible que haya abandonado por ello. Sufría de un gemelo. Había seguido de cerca su entreno y me duele que no haya terminado. Lo ha debido pasar mal.

En pocos días el maratón me está doliendo demasiado. Terrible y conmovido.

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Cursa de El Corte Inglés 2013

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Esta mañana he hecho la 35ª Cursa El Corte Inglés junto a unos 66 mil corredores. Hacía años que no hacía esta carrera. Las cosas van cambiando y cuesta adaptarse. Cuando hacía esta carrera, de casi 11 kilómetros en la ciudad de Barcelona, salía en un solo cajón, el de los federados. Entonces hasta calentábamos en el mismo cajón pues éramos un par de centenares como mucho. Teníamos espacio y estábamos bastante separados de la masa que se agolpaba en la Plaza Catalunya. Hoy habían cinco cajones. Y para entrar en el que correspondía había cola. Una vez dentro del cajón no había espacio. En principio en los cajones hay unos 10 mil corredores que tienen chip propio, el amarillo, de ChampionChip. Una multitud impresionante. Y claro, con esa multitud sumada a la masa que viene desde atrás, es difícil correr al ritmo que tiene cada uno.

Así que me adapté a la multitud y fui cómodo hasta la Plaza Espanya. Mi gemelo sigue diciéndome que va justo, que le cuesta. Hasta pensé en que sería muy posible que abandonaría pronto pues ya dolía en el primer kilómetro. Jamás he abandonado una carrera y hacerla en una tan popular y masiva hubiera sido una pena. Le dije al gemelo que hiciera lo que quisiera pero que yo seguía y que que había que adaptarse a la situación. Me hizo caso. Poco a poco el dolor se fue apaciguando o mi mente la desplazó de sus prioridades.

La cursa de El Corte Inglés pasa por el Estadi Olímpic y es un momento inolvidable pues se corre por el tartán que además esta nuevo. En el tartán olímpico corrí cuando hice mi primera maratón, en Barcelona, en el 1994. Entrar por la puerta de la maratón y hacer una vuelta olímpica es algo muy grande para los que tenemos respeto por esta carrera mítica. Hoy todo me resulto demasiado masivo. Los que somos veteranos nos cuesta ver la masificación. La cursa de El Corte Inglés siempre ha sido masiva, pero la separación con los corredores federados, en la época, la hacía factible correrla. Hoy es imposible. No hay espacio. Y la vuelta en el tartán olímpico es casi turístico, con los corredores haciéndose fotos y chillando con entusiasmo ingenuo. Lo entiendo. Pero.


La bajada en Montjuic, donde entreno normalmente, me resultó muy fácil y me puso contento. Hacía tiempo que no corría rápido y fácil. Me queda mucho por progresar y empujar a los límites de la edad, del cuerpo, del sobrepeso, de los años que no competía. Pero si he iniciado este blog es para seguir, en público, mi progresión. Así me comprometo y me motivo.

Ahora, en casa, me duele el gemelo bastante pero ha valido la pena ignorar su queja al inicio de la carrera. La cursa de El Corte Inglés es la ocasión para que mucha gente salga a correr, es su carrera más que la mía. Salen corredores de todas partes, de todas las edades, de toda condición, hasta los perros van con sus dorsales. Impresionante ir en el metro con tanta gente con dorsales en el pecho.

Un baño de masas es lo que me he dado esta mañana. Y muy agradecido me quedo.




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Ganar en una maratón

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La noche anterior a la Marató Barcelona 2013 tenía que asistir a una fiesta sorpresa de una amiga. Hice acto de presencia y después de la sorpresa y de saludarla, me fui a casa. Al pedir mi chaqueta a la señorita del guardarropa, sorprendida, le tuve que explicar que me iba. "Tengo una maratón mañana por la mañana" le dije. Con mucho entusiasmo y admiración me respondió "¡pues espero que gane mañana!". Me fui pensando en esa frase, la misma que he escuchado en otras ocasiones, ganar en una maratón.

Los populares cuando hacemos una maratón no pensamos en ganarla de ninguna manera, es decir, no pensamos llegar en primer lugar. Eso es para la élite. Sin embargo ganamos. Ganar en una maratón es muy relativo. Gana el que gana realmente aunque no es siempre así.

En un vídeo acerca del entreno en ultra maratones de Kilian Jornet, éste dice, min 6:06, que a veces gana y no está contento, y que ve a gente que cruza la meta después de él, "al día siguiente", Kilian hace ultra maratones y hace unas 8 horas mientras que otros hacen más 15 horas, y que saltan de alegría, y dice Kilian "este si que ha ganado". Una maratón es algo más que una competición, es una lucha individual en la que es uno mismo quien se pone los retos a conseguir, y esos retos valen la victoria o la derrota.

En mi mejor maratón, la de Valencia en 1996, hice mi mejor marca, 3:32:34 y sin embargo no llegué contento, pues en los dos últimos kilómetros perdí la ocasión de bajar de los 3:30 como quería y para lo que me había entrenado duramente. En esos dos minutos, poca cosa en la vida real, se fueron meses de entrenamiento que no fructificaron. Llegué con la mejor marca de toda mi vida, exausto, pero no gané.

Tenía 3:14 en el kilómetro 40 y quedaban dos, pero me quedé sin fuerzas, diría que sin vida, y no pude mantener el ritmo de carrera que llevaba sin falla desde el inicio. Me costó mucho completar como fuera ese tramo final. A tal punto que cuando un voluntario, a pocos metros de entrar en la recta final, nos indicaba que tuviéramos cuidado con un escalón, mi cabeza no alcanzaba a resolver lo que era un escalón ni lo que debía hacer para superarlo. No entendía nada. Pasé la línea de meta y vi el reloj, no había podido bajar de las 3:30 y no gané.

Curiosamente en esa misma maratón, la de Valencia, ganó un hombre de sesenta años, admirable, llamado Manuel Rosales e hizo 2:41:28. Sin embargo el que hizo menos tiempo que Rosales no ganó la maratón. En Valencia pusieron en práctica, durante dos ediciones, la de 1995 y 96, la carrera compensada en la que salían por orden de edad, de manera que los más veteranos salían antes que los más jóvenes. Así ganó Rosales que entró en la meta el primero aunque su tiempo real era superior al que llegó segundo, pero que salió después que él.

En una maratón hay diferentes maneras de ganar. Para muchos pasar la línea de meta ya es ganar. Hacer un determinado tiempo que estaba previsto de antemano es ganar. Entrar primero que el que iba con nosotros en casi toda la carrera es ganar, aunque luego te abraces fuerte a el. Entrar a meta de la mano de tus hijos, superar el muro del kilómetro 35, dosificar correctamente la carrera, es ganar.


Para Haruki Murakami, en su De que hablo cuando hablo de correr, correr una maratón sin caminar es ganar. Incluso Murakami ha pedido que eso es lo que diga en su tumba:

Haruki Murakami. Escritor (y corredor). 1949-20**. Al menos aguantó sin caminar hasta el final.









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La siesta post maratón

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Estoy en la segunda semana de recuperación después de la maratón.

Son semanas importantes si se quiere volver a competir. El consejo es descansar sencillamente. El desgaste ha sido fuerte durante los 42 kilómetros y lo que toca es dejar tiempo al cuerpo y a la mente para que recuperen.

Es cuando ocurre el síndrome post maratón que consiste en el vacío que deja esta carrera extrema. La motivación desaparece, las dudas acerca del futuro son grandes, uno se siente encerrado en límites estrechos, parece que ya no seremos capaces de gran cosa en los tiempos que vienen. Hemos perdido la fluidez de las semanas anteriores, esa gran energía, la fuerza de la mente en definir los objetivos. Se parece al síndrome post parto.

El vacío después del gran momento.

Una vez terminada la maratón, después de una comida, viene la siesta. Es el inicio de la recuperación. Por lo general no hemos dormido bien la noche anterior a la maratón, así que con el desgaste energético de la carrera, y el estrés de la competición, llega el momento de la siesta. Confieso que me he detenido a pensar seriamente en el momento previo a la siesta como si fuese el último momento de la vida. No es una siesta normal. Es la entrada a la recuperación post maratón. Unas horas de horizontalidad profunda, de sueño profundo, de paz.

En el 1996, después de la maratón de Valencia, en el hotel, hice una siesta que recuerdo muy bien. Sentía miedo. La noche anterior había dormido seis horas. Recuerdo que me detuve a pensar justo antes de la siesta post maratón. Estaba solo en el hotel. Confieso que me ha pasado igual esta maratón pasada, en Barcelona 2013. Un momento antes de hacer la siesta pienso intensamente en que podría no despertar más, total la gesta está terminada, el guerrero descansa.

Simbólico.

La foto es de Erkua y de su post Week 17 Runner Rest.
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Disfrutando de Gaudi

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La foto que resume dos de mis pasiones, la maratón y la arquitectura, todo en la Marató de Barcelona. Y en particular, de Antoni Gaudi que es una verdadera pasión en Catalunya. Espectacular pasar por La Sagrada Familia y contemplar la belleza de la arquitectura de Gaudi. En muchos tramos se pueden admirar diversos edificios, y de Gaudi, La Pedrera, además de La Sagrada Familia.

Soy el de gris, a la izquierda. Foto de Marathon Photos. Marató Barcelona 17.03.2013.
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Crónica de la Marató Barcelona 2013

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La aparición del mar en los terribles kilómetros 30 fue sensacional. Y la canción de Manel vino a mi y me acompañó un rato. Fue una sensación mental bella, "el mar, el mar...".


La vida es un aprendizaje.  Aunque sea un corredor veterano, con experiencia, seis maratones y 43 medias maratones, ayer domingo 17 de marzo de 2013, en Barcelona, he aprendido cosas nuevas. He tardado más de cinco horas en terminarla y en ese tiempo, eterno, he aprendido.

El reto era completar una maratón después de 14 años. Reto conseguido. Pero no era nada fácil. Salía de una lesión que me ha tenido sin entrenar unas tres semanas y la última he entrenado trotando para no arriesgar en volver a lesionarme. La última semana ha sido muy tensa, en la duda de hacer o no la maratón. Finalmente decidí hacerla pues si me quedaba en casa este domingo iba a tener un bajón mental enorme. Mejor estar en la carrera y decidir abandonar si había peligro en cualquier momento. Así que tomé la decisión de hacerla y he aprendido a dosificar en una situación extrema.

Los últimos meses del 2012 hice una pequeña base de entrenamiento. Desde la primera semana de enero 2013 me propuse seguir un plan de entrenamiento de 10 semanas. Cumplí las primeras seis semanas con una media de 67 km por semana. Con la lesión hice en las últimas 4 semanas una media de 14 km por semana, básicamente trotar la última pues las anteriores ni siquiera podía dar una zancada. Posible micro rotura fibrilar, contracturas, y sobrecarga en los gemelos, en particular el izquierdo. Cuatro sesiones de fisioterapia en las que hice acupuntrura, magnetoterapia, shiatsu, corrientes, masajes, y reposo total con hielo dos veces cada día.

El reto era por lo tanto complejo. Había que correr 14 años después con 4 semanas sin entreno anterior a la carrera. Lo sensato era buscar otra maratón y recuperar el gemelo. Pero la vida tiene esto de particular. Hay decisiones que parecen insensatas pero que en realidad están llenas de nuevas oportunidades de aprendizaje. Y eso es lo que hice, insisto, aprender.

Toda la carrera desde el inicio fue una constante operación matemática. La correcta visión de las pulsaciones, llevo un pulsómetro y reloj Garmin Furerunner 410, y el ritmo de carrera me permitían dosificar y calcular el tiempo que haría al final. Evitar el sobresfuerzo era vital, con 135 pulsaciones por minuto podía ir a un ritmo de 6:45 minutos el km y conseguí mantener esta situación los primeros 10 km. Después, hasta el km 20, las pulsaciones subían a 140 para mantener el mismo ritmo. Luego hacia los km 30 las pulsaciones subían hasta los 150 para ir a un ritmo de carrera que cada vez se hacía más lento. Estaba claro que pasaría de las cinco horas pero la incógnita era saber si la podría terminar.

Subí la Avinguda Paral.lel en 21 minutos, los que van desde el km 40 hasta los 42.195. Corriendo todo el tiempo, sin caminar. Aunque caminando hubiese ido más rápido.  Me gustaría ver ahora ese tramo en video. ¿Cómo puede alguien correr más lento que otro caminando? Es divertido imaginarlo. Precisamente ¡me pasó una corredora caminando!

He corrido en menos tiempo todas mis maratones anteriores, todas en los noventa, en 3h32 la más rápida, en Valencia 1996. Agregar más tiempo de sufrimiento es terrible. Durante la carrera he pensado en los tiempos que hacía en esa época diciéndome, "mira, ahora mismo ya había acabado la maratón de..."; también iba entretenido en pensar que después del km 21, todos los kilómetros siguientes eran 14 años después que los hacía, "mira, hace 14 años que no hacía 25, 35, 38 km...". 

Nunca había hecho esto.

En anteriores maratones mi cabeza iba muy justa en recursos. Recuerdo que en una, en el km 37 me dije a mi mismo, "Venga Héctor que para el 42 ya sólo faltan ..." y no era capaz de hacer la resta mental entre 42 y 37. En cambio ayer iba alegre, podía pensar en infinidad de cosas y hacer todas las operaciones matemáticas que hacían falta. Podía observar la arquitectura de Barcelona, que he retratado en mi cuenta en Instagram. Disfrutaba poder correr delante de edificios tan emblemáticos como La Pedrera o La Sagrada Familia de Gaudí, o la Torre Agbar de Jean Nouvel, o la maravillosa visión de la torre Diagonal 00 de Telefónica, del arquitecto Enric Massip-Bosh. La aparición del mar en los terribles kilómetros 30 fue sensacional. Y la canción de Manel vino a mi y me acompañó un rato. Fue una sensación mental bella, "el mar, el mar...".

Mientras que la cabeza brillaba en lucidez, en memoria, en observación, mi cuerpo era cada vez más pesado, y mis piernas cada vez más inútiles. Si en los primeros kilómetros hubiese ido más rápido, como les pasa a muchos, no hubiese podido llegar. Ese ha sido el gran cálculo en recursos que he tenido que hacer, para poder terminar. Crucé la meta sin nada en mí. Cuando me pusieron la medalla quise llorar, pero confieso que no tenía fuerzas ni para eso. 

Seguro que éramos muchos fantasmas del pasado de la maratón que estábamos en la carrera revisitándonos. Gente que ha corrido cuando esto era minoritario y hasta mal visto. Maratonianos que han vuelto en una época en que correr maratones tiene miles de adeptos y es muy popular. Ayer éramos 18.400 inscritos y acabaron poco más de 16 mil.  Quizás por eso volvemos. Conocí a uno que me dijo, sin saber mi historia, "tengo 62 años, la última maratón que corrí la hice en el 92, y hago esta por última vez porque le he prometido a mi nieto regalarle la medalla que me darán al final, si acabo". No lloré allí mismo para economizar energías para mi propio cometido.

En la Avinguda Diagonal, al inicio, entre el km 7 y el 8, me encontré con Emilio Sisquella, que me esperaba para acompañarme un rato sin estar previsto de antemano. Emilio hizo conmigo mi primera maratón, la de Barcelona en 1994. Este rato corto con él me trajo un gran entusiasmo y le dió continuidad a mi experiencia reiniciada. Como si fuera un guión cinematográfico, en una carrera, se desarrollaban desenlaces llenas de vida. 

Subiendo en la Meridiana, un tramo largo y pesado, hacia el kilómetro 20, iba ya pensando de que en la media, en el 21.095, decidiría si abandonaba o ya me decidía a terminarla como sea; es un tramo en el que los corredores que van ven a los que ya vienen, de vuelta, por la misma calle. De pronto, en décimas de segundo, vi nada menos que a mi ídolo, a Martín Fiz, campeón europeo de maratón en el 1994, justo el día en el que nacía mi hijo Lucas. Iba en el pelotón de las cuatro horas con la liebre, y es el tiempo que hizo, 4:05. Enseguida decidí que haría la segunda media maratón detrás de Martín Fiz aunque tardé más de una hora que él en cruzar la meta. 

Seguimos.






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Nuevamente maratoniano

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En unas horas haré mi séptima maratón. La sexta la hice hace 14 años, en 1999. Este blog es la historia de un reinicio. Las crónicas de un maratoniano de los noventa.

Si bien no dejé de correr en todo este tiempo no pude volver a hacer maratones. Y volver a una maratón me emociona profundamente. En los noventa no había el Internet que conocemos hoy, no habían blogs por ejemplo. Mi blog profesional lo inicié en el 2004 y sigo publicando desde entonces aunque no escribo sobre mi vida personal, ni menos hablo de carreras. Por eso hoy abro este blog personal para contar la experiencia, renovada, de un maratoniano.

Salgo de una lesión, que me ha parado tres semanas, pero estaré en la línea de salida, nuevamente.

Ya es domingo 17 de marzo, las 0h15. A las 8h30 estaré en la línea de salida de la Marató Barcelona 2013.
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